Reflexión N° 20 - ¿Cuánto Vale Jesús?

Ahora está de moda la tediosa y vulgar costumbre norteamericana de poner precio en dólares a todo lo que existe y ocurre en este mundo: guerras, personas, epidemias, terrorismo, sentimientos, diplomacia, deportes, vicios sexuales, etcétera, como si tales cifras significaran algo. Y cuando aparece un fenómeno que es imposible de evaluar, como es el sufrimiento provocado por el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, le fijan una cantidad, en este caso, asombrosa: Mas de mil millones de dólares; ya está en la justicia, y los abogados esperan saquear a dos o tres naciones ricas para lograrlo.

Utilizando esta operatoria moderna, vamos a considerar un tema universal: el precio de Jesucristo. Pareciera que este asunto no habría que plantearlo, porque Jesús es el Hijo de Dios, Dios mismo. Sin embargo, está escrito en los Evangelios: treinta monedas de plata pagaron los judíos al entregador Judas Iscariote. Actualmente tenemos al Redentor Maitreya, aunque nadie lo ha visto ni sabe donde vive. Si se repitiera la historia, ¿qué precio fijarían por su vida los mercaderes del viejo mundo, estadistas, sacerdotes, periodistas, traficantes de drogas, especuladores, políticos, secuestradores, etcétera?

Las treinta monedas de plata que pagaron por Jesús, actualizadas a nuestra época, equivaldrían a tres meses de sueldo de un trabajador medio, aproximadamente. En tiempos del Imperio Romano, desbordante de esclavos y pordioseros, la vida de un hombre era barata, como ahora, por ejemplo, en Palestina. En Colombia el nuevo gobierno utiliza el dinero para el pago de delaciones; una acción repugnante se ha transformado en una “virtuosa” política de Estado.

No vamos a poner ejemplos de actualidad porque la prensa está saturada de estas informaciones, casos legales e ilegales, pacíficos y violentos, públicos y encubiertos; basta abrir un diario, y ahí se verá lo que vale un deportista, una sesión del senado, una resolución ministerial, un decreto, un secuestro o un asesinato por encargo. La abominable agresión sexual de los curas norteamericanos a los niños ya le ha costado a la Iglesia Católica mil millones de dólares en indemnizaciones. Habría sido mejor que cumplieran el mandato de Jesús: “Pero quien escandalizare a uno solo de estos pequeños que creen en Mí, más le valdría que se suspendiese al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y fuese sumergido en el abismo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos!” El dinero no resuelve nada; condona la penalidad y deja en libertad al depravado para cometer nuevos delitos, como esta ocurriendo. En este caso, Jesús se mostró partidario de la pena de muerte.

a. Treinta Monedas

Para que se comprenda el absurdo de evaluar la vida por medio del dinero exclusivamente, tal como les gusta -entre tantos- a los funcionarios del FMI, veamos qué se hizo con los treinta denarios de plata que cobró Judas. A él no le sirvió para nada, porque en cuanto se dio cuenta de la macana que había hecho, se ahorcó en una higuera, y la plata quedó desparramada por el suelo. ¿Con ese puñado de monedas se hicieron las catedrales góticas, El Mesías de Händel, los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, la Divina Comedia, la Cruz Roja Internacional, las religiones cristianas, y en realidad, toda la civilización occidental hasta nuestros días en sus más elevadas obras? La cristiandad proviene de la Cruz, y sin la traición de Judas, tal vez no habría ocurrido. Los Evangelios son claros en esta predestinación de la entrega, como parte indispensable del plan divino.

Se puede comprender fácilmente que el sistema de fijar un valor monetario a las obras humanas (el producto interno bruto, la deuda de las naciones, el capitalismo, la guerra de Vietnam, el sida, la droga, etcétera), con exclusión de los demás factores, no sólo no soluciona nada, sino que envilece al hombre y lo destruye. El dinero pertenece a Satanás, aunque esté en los bolsillos privados, y Satanás no es sabio ni inteligente; es un astuto inmoral que sólo sabe contar: 1, 2, 3, 4, ¿billones de dólares? ¿Cuál es el objetivo del dinero, su particularidad, su poder? El crecimiento sostenido sin límites, sin trascendencia, sin hijos, estéril.

Las naciones, cualesquiera sean sus capacidades y dimensiones, están entrampadas en este sistema macroeconómico del crecimiento permanente vegetativo, y como el planeta tiene recursos productivos limitados, en muchos casos críticos, empiezan los enfrentamientos militares para robarse unos a otros. La civilización moderna, que empezó, irónicamente, con treinta monedas de plata, avanza hacia la autodestrucción, en un retroceso sostenido: menos energía, menos agua dulce, menos alimentos, más destrucción, más terrorismo, más delincuencia: Satanás sólo sabe sumar y restar.

Así como hemos visto en imágenes los bombardeos en Afganistán, territorio importante en reservas petroleras, con sus escombros desparramados por el suelo, así, en escala menor, pero próxima y lacerante, vemos la cotidiana obscenidad de los cartoneros de Buenos Aires, desgarrando los bolsones de basura y desparramándola por las calles para apropiarse de los cartones, y alimento. La guerra de Afganistán costó muchos miles de millones de dólares; al ciruja de Buenos Aires le pagan 40 centavos de peso por kilo de cartón. La diferencia es enorme, pero el sistema es el mismo; Satanás suma, resta y destruye; no sabe hacer otra cosa, y de esta manera, como Judas, los hombres terminan ahorcándose ellos mismos.

b. Religión y Dinero

En la Enseñanza “Los Bienes de la Renuncia”, del Libro XVIII, dedicada a la economía, el Maestro Santiago Bovisio dice: “Otro factor económico que es un peligro hoy en el mundo, es el eclesiástico. Las instituciones de esos hombres que han renunciado, son las más ricas del mundo. ¿Qué pasa con las instituciones que acumulan riquezas, con los trust judíos, con las instituciones eclesiásticas católicas, que juntan tanto poder? Ese mismo poder las aplasta.”

Aunque los Grandes Maestros Espirituales predicaron siempre la pobreza, la moderación en las posesiones y la ayuda a los necesitados, las religiones que provienen de esos predicamentos, fatalmente desembocaron en la acumulación de riquezas fabulosas. Entonces se volcaron al lujo, al boato personal, a alianzas con los poderes estatales, olvidándose de la misión para las que fueron creadas: la asistencia a los desposeídos. Cuesta aceptar que las jerarquías de las Iglesias, que se justifican como tales por la renuncia personal al mundo, y juran fidelidad a los votos, sean tan flojos y se pasen al bando del capitalismo mundano. No es de extrañar, entonces, que las religiones estén en decadencia y los hombres las desprecien crecientemente, cuando en estos tiempos los sacerdotes debieran estar a la vanguardia de las nuevas ideas, liderando los cambios que se están produciendo en escala planetaria al comienzo de Acuario, preparando a la gente para el mensaje renovador del Maitreya, enseñando a los ricos a ser condescendientes con los pobres, y a los humildes la aceptación de las pruebas que exige la hora actual. ¿Es que se va a repetir la felonía de veinte siglos atrás, cuando el sacerdocio de Jerusalén crucificó a Jesucristo?

Pareciera que no hubiera transcurrido el tiempo, y que los personajes históricos volviesen a escena, tal vez para un segundo y definitivo acto del drama. Tenemos un Imperio mundial que avanza por donde quiere, Estados Unidos, tenemos un clero de muchas religiones anticuado y egoísta, tenemos millonarios tan despiadados como los usureros del Senado romano, tenemos una muchedumbre infinita de necesitados, y tenemos otra vez al Redentor dispuesto a cambiar las cosas malas. ¿Qué está sucediendo en estos años previos al desenlace de la tragedia? ¿Qué hacen y donde están los nuevos Apóstoles? Tal vez preparándose junto al Señor para actuar cuando llegue la hora. Más allá de las calamidades que sacuden a los hombres, de las nuevas guerras que se preparan en las antiguas regiones, del hambre, las enfermedades y el terror de vivir en peligro, un desconocido estremecimiento de esperanza mueve el interior de las almas, como una premonición de que algo grandioso, cósmico y divino está por suceder. Las almas nuevas que nacieron y están naciendo ahora para acompañar al Salvador del Mundo, aguardan expectantes su Mensaje Redentor.

c. ¿Y tu Corazón?

Sabemos muchas cosas que pasan en el mundo y lo que cuestan financieramente, incluso ya está calculada la próxima masacre que está por desencadenarse en Irak, entre 100.000 y 200.000 millones de dólares. El costo en vidas humanas y los efectos ambientales no se tienen en cuenta, no tienen valor de mercado. También sabemos lo que costó Jesús en tiempos antiguos: 30 monedas de plata. Los resultados históricos del deicidio fueron tan grandes que no podían ser calculados: la civilización occidental por 20 siglos. Sabemos muchas cosas financieras, políticas, militares, artísticas, todas exteriores, pero no sabemos lo que sucede en el interior de los hombres, ni siquiera los protagonistas principales se conocen a sí mismos; están hipnotizados en el poder por el vértigo de los acontecimientos. ¿Se conocen a sí mismos George W. Bush, Saddam Hussein, Ben Laden, y los demás jefes? Sería magnífico que se juntaran ante las cámaras de todo el mundo cara a cara y, en “amable diálogo”, le explicaran a la humanidad, en vivo y en directo, qué sienten en el corazón, si están apenados por los sufrimientos de las víctimas, si creen en el Dios de Justicia, si han pensado alguna vez que la única triunfadora es la muerte para todos, para ellos también.

Pero si los líderes mundiales están incapacitados para sentir piedad, nosotros, los hombres y mujeres comunes, tenemos la gran libertad de preguntarnos sobre la vida y la muerte, sobre el bien y el mal, sobre el Redentor, sobre la esperanza. También somos los protagonistas, tal vez más necesarios que los “Señores de la Guerra”. Jesús se movió exclusivamente entre los humildes, obreros, pescadores, campesinos, amas de casa, niños. Con su inmenso poder y fascinación podría haberse conectado con las autoridades, romanas y judías, y proclamar sus ideas desde lo alto del oficialismo. Nada de eso; vivió pobre, entre los pobres. Las autoridades lo odiaron a muerte, y finalmente lo ejecutaron. Pero Jesús quedó en el corazón del pueblo, que no olvida nunca cuando se le habla con la verdad en los labios. Y los pueblos del mundo Lo adoptaron como el Salvador, el Fuerte Libertador, para siempre.

Ahora está nuevamente entre nosotros, con otro nombre, Maitreya, y tal vez con otra imagen; pero es el mismo, para reconstruir en los hombres la fe en su destino inmortal. No hablará en la Asamblea General de las Naciones Unidas, ni tendrá conferencias de alto nivel con los líderes mundiales; conversará con la gente sencilla, dispuesta a creer y renunciar. Por eso, en el final de esta Reflexión, después de haber dado un círculo completo por las cosas de este mundo, volvemos para preguntarte: Lector, ¿Cuánto vale Jesús … ¡en tu corazón!

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