Reflexión N° 160 - Ema

Ema es una chica joven, adolescente, que vive en un territorio desconocido y un tiempo futuro de muchos, muchos siglos adelante. Su familia es pequeña, padre y madre, porque ya no hay nacimientos. Vive libremente, a veces con sus padres en una choza de ramas junto al lago, otras vagando por el bosque de las sierras recorriendo los senderos de animales que la llevan a todas partes, un bosque tupido de intensos aromas y los más diversos frutos; cuando tiene ganas come manzanas, ciruelas, nueces que recoge del suelo, uvas y sandías, según la temporada, hongos y frutillas. A veces recoge hinojos y lechugas silvestres, tomates y espigas de trigo que mastica con placer, choclos que cocina en el fuego, papas y cebollas. No guarda nada porque el bosque es un Edén muy abundante todos los días del año, con frescas corrientes de agua. Su vestimenta es sencilla, una túnica de lana de oveja que el padre tejió en un telar rústico. Cuando llueve se guarece junto a unas rocas y tiene yesca y pedernal para encender un fuego que la acompaña durante las noches. Vive naturalmente con las ofertas de la Naturaleza y está acostumbrada a soportar el frío y las lluvias. No hay peligro de animales feroces porque el mundo ha cambiado. El ganado es inmenso y está en todas partes, vacas, caballos, ovejas, cabras y otros, lo mismo que las aves que cubren con sus vuelos las arboledas y otros pequeños, conejos, perdices, gallinas, patos y pavos. El lago y los riachuelos desbordan de peces que sólo tienen problemas entre ellos. Abundan las abejas y Ema, cuando quiere miel, mete la mano en un tronco hueco y saca un panal. Las abejas no le pican; sacude la mano y come la miel con la cera. Tampoco hay animales agresivos; perros, gatos y jaguares permanecen en la espesura. Si se produce un encuentro imprevisto en medio de un sendero el animal se retira y Ema continúa su camino. No conoce el miedo.

Después de dos o tres semanas de viaje regresa con sus padres que la reciben cariñosamente; el reencuentro es natural. Se incorpora a las tareas de la choza y ayuda en la cocina, el telar y la recolección de comestibles. En familia cocinan sencillamente con piedras calientes y asan papas y camotes. La madre hace alfarería con arcilla del lugar y las decora con tintura de las plantas. También adorna la choza con plumas de aves que le gustan, piedras de colores que saca de un arroyo, corteza de árboles y lanas teñidas de ovejas. Viven solitarios porque no hay vecinos en los alrededores y de vez en cuando pasan algunos peregrinos; se detienen breve tiempo, intercambian noticias y siguen viaje. Para ellos el mundo son esas sierras cubiertas de vegetación tupida. Más allá están las pampas interminables y lo desconocido.

En el lado opuesto del lago vive un grupo comunitario de mujeres en unas cavernas que les sirven de casas confortables, poco profundas y apenas modificadas. Tienen de todo y prefieren estar al aire libre, bajo los árboles, sobre el césped de gramilla fina. Allí tienen cocina, comedor y muchas veces dormitorio; pero cuando llueve o cae nieve en invierno, permanecen en el interior ocupadas en artesanías, meditaciones y otras actividades propias de sus condiciones de yamanes, viajando astralmente y muchas veces en cuerpo físico de a dos o tres, recorriendo las sierras que conocen perfectamente y visitando a los pocos serranos que la habitan, ayudando en todo lo que necesitan, curaciones, consejos, aprendizaje de artesanías, noticias.

Un día llegaron dos señoras de mediana edad a la choza de Ema y permanecieron varias horas con ellos, conversando, almorzando frutas silvestres, intercambiando objetos vistosos y dejando algunas hierbas medicinales para futuras dolencias. Luego se despidieron y caminaron hacia el lago. Ema, a unos veinte metros de distancia, las fue siguiendo silenciosamente hasta que perdieron de vista el hogar entre el follaje. Una de las señoras le indicó con la mano que se acercara y caminaron las tres juntas. No hubo despedidas ni promesas, sino el acto simple de seguir el camino. No hablaron y al atardecer llegaron a las cavernas donde ya estaban encendidos los fuegos de la noche. Ema estaba intimidada y guardaba silencio, esperando que le dijeran lo que tenía que hacer. Al llegar la noche, una noche estrellada, después de cenar una sopa caliente con cucharas de madera, le prepararon una cama afuera, cerca del fuego y se despidieron hasta el día siguiente. Ema durmió toda la noche, sin sueños.

Ema permaneció diez años con las señoras, trabajando, aprendiendo artesanías, recibiendo las Enseñanzas que las yamanas le comunicaban sobre el arte de sanar y otras tradiciones milenarias, creciendo y madurando en experiencias. Su salud y fuerza eran perfectas con el sistema alimenticio que practicaban. Las yamanas, diez mujeres de edad mediana dirigidas por una anciana de muchos años, formaban una comunidad suave, armoniosa y como no existían el dinero ni la propiedad compartían todos los momentos sin la menor competencia. El sentimiento de mío y tuyo era desconocido y ante cualquier dificultad prevalecía la donación espontánea. En los viajes por las sierras las acompañaba casi siempre aprendiendo a sanar, no sólo las personas sino algún animal enfermo que le presentaban. Así aprendió que el mayor problema de la Humanidad era la esterilidad casi completa, una pandemia extendida por toda la Tierra.

Durante siglos las naciones tuvieron guerras permanentes. Los productos de la Tierra no alcanzaban para tantos habitantes y no conocían otro sistema que la conquista por violencia. Eran muchas las naciones que utilizaban poder nuclear en todas formas y las armas se vendían al mejor postor. Estallaban las bombas en cualquier lugar y no había forma ni fuerzas para reprimirlas. Las grandes naciones se disolvieron y la anarquía se extendió planetariamente. Se utilizaban diversos sistemas biológicos para reemplazar a los muertos, pero la fertilidad fue decayendo más y más hasta llegar a una esterilidad general, en hombres y mujeres. Incluso los androides dejaron de procrear hasta desaparecer. El reino animal no fue mayormente afectado. Las guerras, las convulsiones geográficas y el cambio de clima produjeron en poco tiempo la desaparición de la civilización; se desplomaron las ciudades y los campos fueron inundados por huracanes continuos. Unos grupos, en lugares apartados, lograron sobrevivir en mínimas condiciones mientras la Tierra se debatía en convulsiones destructivas. Pasaron los siglos y la vida humana cayó hasta el nivel de la supervivencia, mientras la Naturaleza se reconstruía por sus propios medios, lentamente, cada día más hermosa.

Ema concluyó su aprendizaje con las yamanas. Era una joven fuerte, madura, segura de lo que hacía y con vocación de servir. Ella y sus maestras, descubrieron que tenía un don especial para reconstruir la procreación en las mujeres estériles, era un vehículo natural de las energías cósmicas, el Poder de la Gran Corriente que a través de ella se volcaba en los discapacitados y los dotaba de la facultad de gestar hijos en perfectas condiciones de salud física y mental. Durante los años que permaneció en la Comunidad fue perfeccionando ese poder, ayudada por las yamanas hasta lograr resultados excelentes. Los campesinos de las sierras se acercaban hasta el lago y, con la ayuda de las señoras, se instalaban en las cercanías, las parejas separadas unas de otras, y en proximidad con Ema, que no las tocaba, poco a poco las mujeres descubrían que estaban embarazadas. Cuando esto aparecía Ema se retiraba a la Comunidad. Oraba continuamente pidiendo por esas almas y con su mente conducía las fuerzas astrales hasta reconstruir los organismos dañados por la energía nuclear. Era de una castidad perfecta. Y las parejas, aunque habían logrado recuperar el don de la vida, perdieron para siempre la libido; no había deseo carnal; procreaban por necesidad evolutiva y un estado de conciencia espiritual. La naturaleza animal había sido alejada para siempre y los seres humanos, hombres y mujeres, se comportaban como hermanos, con características físicas y psicológicas apenas diferenciadas. Un mundo nuevo, profetizado por los antiguos y anunciado en las Enseñanzas, había comenzado. Al cabo de un tiempo, Ema partió con las bendiciones de sus mayores para cumplir su misión y caminó sola hacia el oeste, buscando las grandes montañas.

Las grandes montañas se extendían de polo a polo, formando inmensas cordilleras de alturas difíciles. En el centro se abría un espacio de océano que dividía las tierras en dos continentes, el Sur y el Norte, incomunicados. En las cordilleras y los cordones abundaban los valles y los desfiladeros de baja altura donde prosperaba la vida vegetal y animal, sin restricciones y agua abundante que descendía de las cumbres formando arroyos, ríos y lagos. Como no existían depredadores las especies se multiplicaban según las posibilidades del lugar. Entre ellas, lentamente, los hombres medraban en grupos pequeños como ya hemos explicado, limitados por la esterilidad planetaria. Sobrevivían.

Los yamanes y sabios de otras características, con dones diferentes, estaban en permanente contacto astral y comunicaron a las comunidades del Oeste la misión y llegada de Ema, quien rápidamente comenzó su tarea en los primeros grupos. Como su oficio era indirecto e invisible, pronto obtuvo resultados. No esperaba los nacimientos, sino la certeza del embarazo y luego pasaba a otro lugar. Vivía siempre alejada de las personas, aunque su cordialidad y benevolencia no habían decrecido con los años. El estilo de vida era igual, manteniéndose con los frutos de cada día. A veces la reclamaban para alguna dolencia y, también, una pena, especialmente entre los más jóvenes y siempre los atendía. No permanecía más de un mes en cada sitio. Seguía viajando ahora hacia el norte.

Pasaron los años y Ema continuaba su labor incansablemente. Poco a poco se convirtió en una leyenda y unas veces estaba en un valle y otras en un desfiladero alejado, siempre en cuerpo físico hasta que llegó un tiempo que no se la vio más. Unos decían que estaba por aquí; otros decían allá. La Humanidad del continente Sur volvió a sonreír después de siglos de tristeza y melancolía.

Cuando la Humanidad estuvo a punto de extinguirse definitivamente los Santos Maestros enviaron a siete Grandes Iniciados Solares femeninos, una en cada continente, para recomenzar la evolución según las pautas establecidas para la Raza Americana, indicadas en las Enseñanzas del Canon: “La sexta subraza desenvolverá de un modo especial la egoencia del ser. Los nuevos tipos humanos se proporcionarán la felicidad con sus propios medios. Se elevará, entonces, un concepto aristocrático del ser hasta la más alta expresión de la individualidad.”

Era necesario llegar hasta la última instancia de la vieja Raza para olvidar completamente y empezar el camino de la nueva vida.

José González Muñoz
Julio de 2011

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