Relato N° 4 - El Regreso

He avanzado desde el Sur, en mi peregrinación por América, sin interrupciones, cambiando el recorrido muchas veces, para conocer la situación geográfica y humana del continente. Unas semanas atrás, crucé los Andes y caminé por las vertientes occidentales hasta llegar adonde había una gran ciudad que desapareció hace milenios. El Océano Pacífico rompe sus olas directamente en la Cordillera; las tierras y serranías que los separaban se hundieron para siempre en el mar por cataclismos que cambiaron los paisajes del Planeta. Encontré muy pocos humanos primitivos en valles y cavernas protegidas, practicando una sociedad tribal de subsistencia. La radioactividad es muy fuerte, empujada por los vientos del océano, provocando graves deformaciones genéticas que se transmiten de padres a hijos. Al llegar al paralelo 33, giré hacia el este, recorrí la zona del Aconcagua, inmutable, permanente, nevado y descendí hacia las llanuras, para ver el lugar que fue el punto de partida, al comienzo de la Era Acuariana, en un largo viaje americano de quince reencarnaciones y, esencialmente, el Camino del Fuego. Quería meditar sobre el significado de las encarnaciones y hasta dónde conducen.

Desde el borde del altiplano que domina la llanura, veo las manches grises de lo que fue una extensa ciudad, mientras el sol rojo asciende sobre el horizonte. Terremotos, tormentas y avalanchas de barro la destruyeron una y otra vez hasta quedar reducida a pequeñas colinas, semejantes a las ondulaciones naturales del suelo. Antiguamente, ese territorio era un gran oasis artificial, rico y abundante, en medio de un desierto que se extendía hasta la pampa húmeda; pero el cambio climático producido a principios de la era Acuariana, con grandes precipitaciones de agua y nieve, lo benefició y ahora extensos montes y bosques cubrieron la llanura hasta el horizonte, con arboledas autóctonas que prosperaron y se extendieron, con especies del viejo continente que se adaptaron y multiplicaron. Ahora no necesitan riego artificial porque reciben lluvia todo el año. Además, el aumento de la temperatura ha transformado esta zona en una región subtropical donde abundan los frutos que las especies animales y humanas necesitan, aunque, lamentablemente, no quedan hombres normales, al menos tal como los conocíamos diez mil años atrás. Actualmente, los androides, las quimeras y los mutantes se multiplican sin problemas, como el resto de los animales. Podríamos decir que estos territorios son un paraíso terrenal para esas criaturas, que nosotros, los Americanos, no necesitamos ni usamos. Son parecidos a las antiguas selvas ecuatoriales del Amazonas, África y Oceanía.

Quiero ir a la antigua ciudad. Desciendo por el lecho de un río seco que, en las grandes tormentas de verano, descarga sus aguas desde las alturas y las derrama en los bajos, rellenándolos con piedras y lodo. La vegetación es frondosa a ambos lados del cauce, con muchos frutales silvestres. Las aves y los insectos abundan entre las ramas, con monos aulladores y serpientes que han emigrado de otras zonas. En el suelo pastorean toda clase de herbívoros, aunque hay muchos carniceros que se ocultan en la hierba. Al notar mi presencia, escapan velozmente.

No llevo equipaje. Mi vestimenta es liviana y cómoda, una larga túnica amarilla hasta los tobillos. Calzo sandalias que fabriqué hace tiempo. Soy de mediana edad, delgado, más alto que los hombres, sin pelos en el cuerpo ni en la cabeza, sin uñas en los dedos y poco pesado. Todo lo que necesito lo llevo interiormente, resultado de diez mil años de transformaciones integrales que realizamos los místicos de la Renuncia, bajo la conducción de Maestros Superiores, como los antiguos sacerdotes del Templo de Amón. El Cuerpo de Fuego es visible, incluso para los androides, que le temen. Entre otras funciones, es una protección infranqueable para las radiaciones nocivas que cubren el Planeta. Todas las percepciones que tenían los antiguos por medio de instrumentos exteriores, más otras que no conocían, comunicaciones, desplazamientos, medicina, clarividencia, telepatía, las poseen ahora los Místicos Americanos por el desarrollo de sus fuerzas interiores, hasta entonces en estado potencial, del cerebro, los centros energéticos y el cuerpo astral.

En las zonas más bajas, advierto la presencia humana: senderos, algunas construcciones de madera y piedra, gritos lejanos. Columnas de humo se levantan de algunas chozas y, de vez en cuando, restos de fogones apagados. Algunos hombres, en pequeños grupos, recogen leña seca; pero al verme, huyen fuera de mi vista. Viven en cuevas bajas abiertas entre antiguas ruinas de cemento, bajo cubiertas de matorral espeso. Hay senderos abiertos por el continuo ir y venir de la gente y por allí me desplazo lentamente hacia un gran claro en el centro, como una plaza. Algunos curiosos asoman sus cabezas a la entrada de las cavernas, pero siguen escondidos. Es mediodía, me siento en una piedra y me quedo quieto, comiendo algunas nueces que he recogido por la mañana. Poco a poco, las personas van saliendo de sus viviendas y me rodean en silencio. Pronto están todos reunidos, sentados en el suelo y en cuclillas, algunos cientos de todas las edades, pero no hay viejos. Al verme comer, me traen frutas, semillas, choclos y otras cosas que ponen en el suelo, cerca, sobre hojas de vides. Siempre con buen modo y sonriente, escojo algunas y las mastico con gestos de placer y aprobación. Se animan, hablan entre ellos en la lengua común, ríen, y algunos niños se acercan y me tocan, la túnica, las manos, el cuerpo. Les sonrío. Entonces todos quieren palparme. No me hacen daño. Son curiosos. Luego se apartan, y en el espacio abierto, un hombre se acerca y me dice, en lengua común: “Somos los Huarpes”. Han adoptado el antiguo nombre tribal indígena anterior a la llegada de los conquistadores; han regresado a su identidad primigenia, post Atlante. Les contesto:

“Me llamo Io-Seph; soy un Americano del Fuego y vengo del Sur. ¿Y tú cómo te llamas, quién eres?

“Me llamo Ayaime y soy uno de los ancianos”, respondió orgulloso, aunque parecía no tener más de treinta años. Un gran bocio le cubría el cuello. La antigua endemia había vuelto y eran muchos los que exponían los efectos del hipertiroidismo, por ausencia de yodo en las aguas. En otro tiempo corrigieron el defecto agregando yodo a la sal de mesa, pero después todo volvió a su estado primitivo. Eran muchos, hombres, mujeres y niños que padecían “coto” o bocio, que produce efectos visibles en el comportamiento: cretinismo.

Transcurrieron las horas en animada conversación; ellos querían conocer qué había más allá del horizonte. No acostumbraban a viajar y se conformaban con algunas incursiones por los valles cercanos de las montañas, donde encontraban otras poblaciones semejantes. No conocían escritura y los restos de las antiguas civilizaciones habían desaparecido hace tiempo. No había ruinas de construcciones ni restos de maquinarias. Los únicos metales que encontraban eran monedas de bronce y algunos trozos de acero inoxidable, que utilizaban para hacer cuchillos y puntas de lanzas. No usaban tejidos porque desconocían el uso de telares; se abrigaban con pieles que sabían curtir hábilmente. Su alimentación era vegetariana, aunque no desdeñaban consumir huevos, pescados y algunas aves que cocían sobre brasas. No tenían ninguna organización social, sino las relaciones primarias y naturales de todas las culturas primitivas, antiguas y modernas, que desconocen la escritura y la forma de guardar los recuerdos. Vivían naturalmente y olvidaban los sucesos del día anterior. No tenían creencias ni rituales, y la muerte era una inmovilidad indiferente. No obstante, sentían un oscuro terror cósmico por los rayos y los truenos, y cuando había tormentas, lo que era frecuente, se refugiaban en sus cuevas y no salían hasta que hubieran cesado, aunque fuera de día. A pesar de ello, la abundancia de frutos, el clima templado, la falta de enemigos, la alimentación vegetal y, tal vez, la influencia del bocio, que aquietaba el temperamento, los hacía apacibles y, de alguna manera, felices.
Al atardecer, el cielo se cubrió de nubes y empezó a llover. La reunión se disolvió lentamente volviendo cada uno a sus hogares. Unos jóvenes trajeron leña e hicieron una gran fogata en el centro de la plaza, dejándome abundantes alimentos. Me quedé sentado en mi piedra bajo la lluvia, lo que era delicioso, y de vez en cuando agregaba un tronco al fuego, que permaneció encendido toda la noche, pues llovía a ratos y suavemente. Permanecí inmóvil en postura mística pasiva. Después de media noche, cesó la lluvia, despejó el cielo y apareció la luna. Desde mi lugar veía los elfos del monte y las hadas de las aguas que me protegen.

He regresado al punto de partida trazando un círculo de 10 mil años y mis anfitriones también. No obstante, estamos separados definitivamente y nunca nos volveremos a encontrar. Ellos tornaron hacia el pasado, hacia el origen biológico, retrocediendo por el círculo de la vida, pisando sus huellas. Yo avancé sobre el misterio de la Renuncia, abandonando cada día las experiencias muertas, automáticamente. Viajé sobre la inseguridad, los peligros y el gran vacío. Ambos trazamos el mismo círculo de las encarnaciones, pero por rumbos distintos, opuestos y contradictorios. Entre ambas sendas que cada día se separan más y más, el Maitreya introdujo la Barrera Radiante que el hombre viejo no puede atravesar. La Humanidad abandona la unidad y se separa en múltiples especies que se reproducirán por genomas independientes, no mutables.

Con un sol radiante en un cielo sin nubes me despido de los Huarpes, personas que conservan todavía su antigua virtud colectiva: la hospitalidad. Me regalan más nueces de las que puedo llevar y, como despedida, dejo que me palpen, pues todavía tienen dudas de mi realidad. Nada tengo para darles como recuerdo y, con un gran saludo, me alejo hacia las llanuras bajas. Mi camino conduce hacia el Este, hacia unas montañas bajas que están en el centro de las pampas, y que antiguamente me albergaron y me educaron en el comienzo.

Allí, en un lugar especial, el Maestro Santiago formó y consolidó la Orden del Fuego Americana cuyos secretos trajo del viejo continente y de la tradición universal. Allí murió y allí quedaron sus restos, guardados por un puñado de fieles que mantienen encendida la llama de Kaor. Hasta allí quiero ir, para refrescar mi alma, un poco cargada de tanta peregrinación. Creo que allí encontraré la luz del misterio.

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