Curso XIV - Enseñanza 2: La Escala de Perfección Cristiana

Es muy importante conocer la Mística Cristiana para poder apreciar como el Occidente practica, con modo y nombres propios, todos los ejercicios ascéticos para llegar a la Unión Divina.
Ya en los primeros tiempos del cristianismo, en la edad patrística, los monjes de Oriente practicaron diversos ejercicios metódicos que los llevaban a altos grados de espiritualidad.
Los cenobitas, desparramados por el desierto y los oasis de Egipto, que moraban en el convento del Mar Saba, labrado en la viva roca de una alta montaña inaccesible, más allá del Jordán, eran testigos de ejemplos admirables de santidad. Esto es interesante leerlo en la Vida de San Hilario, escrita por San Jerónimo y en la vida de San Antonio Abad, escrita por San Atanasio.
En el año 649 San Juan Clímaco, superior de los monjes que poblaban el monte Sinaí, dejó escrito un tratado de misticismo llamado “Escala del Cielo” (Scala Paradisi), en el cual, por nueve grados de desarrollo interno y metódico, llega el alma al éxtasis y a la Unión con Dios.
Pero, quien escribió los textos famosos de Ascética Mística fue Dionisio el Areopagita hacia el año 500, los cuales son estudiados aún al día de hoy, especialmente “La Jerarquía Eclesiástica” (“De Ecclesiastica Hierarchia”), “Los Nombres Divinos” (“De Divinis Nominibus”) y “La Teología Mística” (“De Mystica Theologia”).
En Occidente, Casiano, que vivió desde el año 360 al 435, resume en el “Compendio del Instituto de los Cenobitas” (“Instituta Coenobiorum Collationes”) toda la ascética monacal de los cuatro primeros siglos, dando una verdadera orientación mística a sus lectores; y San Benito, que murió en el año 543, con su famosa regla, facilita la vida ascética y la fomenta en sus conventos. Pero, es en la Edad Media, aquella gran época de pares de opuestos, de fe rayana en la locura y del ateísmo más profundo, de santidad y de crimen, que surge una mística nueva: la verdadera Mística Cristiana, que arranca de las miserias más grandes, de la más negra superstición, para culminar en la más ardiente caridad y en la más perfecta santidad.
Es un movimiento que, salido de pocos hombres, abarcó en pocos años a millares de seres, y hace de la religión cristiana, muy dada a ritos y pompas jerárquicas, una religión renovada en espíritu. Es un movimiento culminante; una Ascética Mística de trabajo y oración que saca a los monjes de los claustros y los hace santos por aquél camino que es la síntesis de toda la Ascética Cristiana: apostolado y oración, amor a Dios y amor al prójimo.
Santo Domingo de Guzmán (1170-1221) y San Francisco de Asís (1181-1226) son los promotores eminentes de esta nueva vida espiritual. La escuela Dominicana contempla y trabaja con su famoso dicho: “Contemplari et contemplata aliis tradere” (Contempla y trae a otros a la contemplación).
De esta escuela, rígida y fecunda, nace una secuela innumerable de grandes extáticos: Alberto Magno (1206-1280) que comentó los libros de Dionisio el Areopagita; Santo Tomás, el Doctor Angélico (1225-1274) que escribió ampliamente sobre Ascética y llegó él mismo a la más alta contemplación; Santa Catalina de Siena (1345-1380), la cual vivió en la tierra transfigurada por los estigmas y el amor en Cristo; el Beato Enrique Suso que murió en 1365 y dejó numerosos escritos sobre sus experiencias místicas.
La Escuela Franciscana, poética y especulativa a la vez, lleva al alma a la cumbre de la perfección por la práctica de todas las virtudes, especialmente la pobreza y por el amor a Jesús Crucificado.
Las lumbreras de esta Escuela son: San Buenaventura (1221-1274), compone muchos tratados ascéticos y místicos; la Beata Ángela de Foligno, muerta en 1309, escribe el libro de las “Visiones y Avisos”; Santa Margarita de Cortona (1247-1297), que de pecadora pública se transforma en un alma que pasa por todos los Senderos Ascéticos hasta llegar a las Bodas Espirituales o Éxtasis Divino; Jacopone de Todi, que murió en 1306, el místico poeta que llega a Jesús Crucificado por la Contemplación a los dolores de María; y Santa Catalina de Bologna (1413-1463), aún guarda sobre su rostro de momia el beso místico que recibió de Cristo.
Otros místicos insignes secundaron y ayudaron a la mística Dominicana y Franciscana, especialmente el Beato Juan Ruysbroesk (1293-1381) que fundó la Escuela Flamenca y escribió el “Espejo de Salvación” y “Las Galas de las Bodas Espirituales” y Tomas Kempis (1379-1471), autor de la “Imitación de Cristo”.
Sin embargo, la reforma de Lutero en el siglo XVI provoca en el Cristianismo Católico una contrarreforma y nuevos tipos de mística se incorporan a los ya existentes.
El coloso de la contrarreforma es San Ignacio de Loyola quien, con sus Ejercicios Espirituales, enseña el Camino Místico por medio de la voluntad individual, modelada sobre la Voluntad de Cristo.
Es el venerable Padre de La Colombiere, muerto en 1682, director espiritual de Santa Margarita María Alacoque (1647-1690), el que, a insistencias de su dirigida, promueve la devoción al Corazón de Jesús: la unificación de la voluntad y de los sentimientos del hombre a la voluntad y a los sentimientos de Jesús.
Pero a la Escuela Carmelita, fundada por Santa Teresa de Jesús (1515-1582), cabe el honor de fundar una Escuela Mística de pura contemplación que tiende a llevar al alma desde la Humanidad de Cristo a la Divinidad Absoluta.
El discípulo de ella, San Juan de la Cruz (1542-1591) la perfeccionó aún más, pues concibe como único resultado de la contemplación la total desaparición de la personalidad humana en la Inmensidad Divina.
El sacerdote Miguel de Molinos, español del siglo XVII, llega a aconsejar la aniquilación del Ser en su “Guía Espiritual” y Fenelón (1651-1715) es propagador de una mística similar llamada Quietismo. Pero, este tipo de mística fue condenada por la Iglesia.
El misticismo de San Francisco de Sales (1567-1622) es completamente humanista; una conciencia serena siempre puesta en Dios; en todos los estados de la vida se puede llegar a la santidad.
La Escuela Francesa del siglo XVII, fundada por el cardenal de Berulle (1575-1629), pone la Ascética Mística completamente al servicio del dogma de la Iglesia; todas las fuerzas espirituales y psíquicas que el alma adquiere por la ascesis ha de volcarlas sobre la Iglesia para beneficio de las almas y atrasar la dicha de la Unión Divina hasta la hora de la Muerte o en el más allá.
Del oratorio de Francia y sus admiradores salieron infinidad de místicos que llegaron a ser de gran utilidad para la Iglesia, como San Vicente de Paul (1576-1660), fundador de las Hijas de Caridad; el Padre Olier (1608-1657), fundador de la Compañía de San Sulpicio y S. J. Eudes (1601-1680), fundador de la Congregación de Jesús y María y propagador de las devociones a los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
Resumiendo todas las escuelas, la Mística Cristiana se basa sobre tres puntos fundamentales: Purgación, Iluminación y Unión.
La Vía Purgativa es la de los principiantes en la meditación y es necesaria para la purificación del alma para quitar las escorias. Es ejercicio indispensable para vencer las dificultades de los principiantes y la falta de experiencia en la práctica.
El alma no puede purificarse sin el ejercicio de la penitencia; ésta la purifica de las culpas pasadas y la hace apta para resistir a las tentaciones futuras, limpia y fortalece el cuerpo físico por el ayuno, calma las emociones y vence las tentaciones con las prácticas devotas, la mortificación de los sentidos, la práctica de las limosnas y de las buenas obras, y pone sosiego en la mente por el dominio de las pasiones y la renuncia de placeres mundanos; asimismo fortalece las tres potencias mentales: memoria, entendimiento y voluntad.
La Vía Iluminativa pone al discípulo en condiciones de permanecer concentrado cierto lapso de tiempo, con gran afectividad, sobre asuntos divinos. La práctica positiva de todas las virtudes cristianas y la Imitación a la Humanidad de Cristo son los primordiales ejercicios. En la Vía purgativa el ejercitante discurría durante el tiempo de la meditación; pero ahora deja el discurso porque es el alma la que lo entretiene. Su Unión con Dios se hace íntima y habitual, estimulado a ésto por el fervor y la piedad y, asentando el fruto de su experiencia sobre la fe, la esperanza y la caridad, logra la plenitud del amor.
Hay también peligro en esta meditación; el que ya ha gustado los bienes espirituales de la meditación, si no puede lograrlos, hace un esfuerzo excesivo para volver a poseerlos y, al no alcanzarlos, cree que pierde su tiempo y deja de practicarla.
La Vía Unitiva es una más íntima y extática Unión con Dios. Según el dicho “Ambulare cum Deo intus”; la Unión Simple es una mirada persistente y amorosa a Dios que se prolonga por tiempo más o menos largo voluntariamente, pero que llega a ser continua, u sin intervención de la voluntad. Los efectos son una santificación cada vez más íntima del alma, una comprensión extraordinaria de los dones del Espíritu Santo y un amor inefable a las cosas Divinas.
En la Mística Cristiana hay diversos grados de Unión Divina.
La Oración de Simplicidad, que es un estado del alma en el cual nada cabe más que la serenidad de verse y saberse en la presencia de Dios.
Le sigue la Contemplación Infusa que es una visión intelectual que procede de Dios, junto con un claro entendimiento y amor de las cosas Divinas.
Viene a continuación la Oración de Quietud; es ésta a veces árida y dolorosa, otras veces suave y agradable; el alma queda aquí suspendida entre cielo y tierra, dolorosa o feliz; ni la más leve brisa, ni un parpadeo turba el sosiego espiritual.
Por la Unión Plena el alma se va transformando paulatinamente en Dios hasta quedar no sólo con la voluntad, sino con todas las potencias del alma suspendidas, cuando se encuentra en la presencia Divina.
Le sigue la Unión Extática, llamada Desposorios Espirituales, los sentidos se suspenden y la mente es absorbida completamente por Dios hasta llegar a la inmovilidad; aunque ella pudiera quererlo no podría escaparse de allí.
La Unión Extática tiene tres matices distintos: el Éxtasis Simple, es un desfallecimiento del alma en los brazos divinos; el Arrobamiento es una impetuosidad y violencia que arrebata irresistiblemente; y el Vuelo del Espíritu es un sentimiento de comprensión divina tan grande, que parece querer arrancar el alma del cuerpo.
El último y más alto estado de la Extática Cristiana es la Unión Transformante o Matrimonio Espiritual, que es una total intimidad, sosiego e indisolubilidad con Dios.
Los efectos de estos Éxtasis son: mayor santidad de vida, desasimiento perfecto de las criaturas, inmenso dolor por los pecados cometidos, visión frecuente de la humanidad de Jesús y una vida terrenal completamente celeste, divina.
Varios fenómenos psíquicos suceden aquí: frecuentes visiones corporales, imaginativas y mentales; se reciben frecuentes toques divinos, comprendiéndose repentinamente e infusamente cosas que al parecer no tienen explicación.
En algunos, es tanta la elevación que sienten, que tienen éxtasis ascensional o de elevación en el aire del cuerpo físico, llamado vuelo extático o marcha extática; caminan velozmente sin tocar el suelo, como le pasó a San José de Cupertino, el cual, volando, llevó una pesada cruz, depositándola en el lugar adecuado; y a veces marchan sobre el agua, ejercicio ascético llamado Transfretación. Estos seres pueden emitir efluvios luminosos y olorosos; practican abstinencias prolongadas y llegan a una imitación tal del Maestro, que hasta tienen estigmas en sus cuerpos.
No excluye la Mística Cristiana las bajas formas de Meditación, que pueden traer la obsesión, que es una tentación más violenta y duradera que la común y a la posesión, que es una presencia continua del espíritu del mal en el cuerpo del practicante.

Fundador de CAFH

Las Enseñanzas directas de Santiago Bovisio quedan así depositadas en manos de los hombres, cumpliéndose de esta manera su mandato final= ¡Expandid el Mensaje de la Renuncia a toda la Humanidad! Que la Divina Madre las bendiga con su poder de Amor.

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