Curso XXV - Enseñanza 7: Inocencio III

Inocencio III aleccionado por las luchas de las investiduras contra las cuales tanto había combatido Gregorio VII, asentó todo el poder del pontificado romano en la faz jurídica absolutista.
En el año 1198 subió a ocupar la silla de San Pedro el hombre de la noble familia de Signa, en la flor de la edad que, bajo el nombre de Inocencio III debía luchar con incontrastable valor contra todos los enemigos de la justicia y de la Iglesia y dar al mundo el modelo más acabado de un soberano Pontífice, del verdadero rey Sacerdote Iniciado, el prototipo del Vicario de Jesús Cristo.
Era gracioso y benévolo en sus maneras. Dotado de una presencia y cualidades físicas poco comunes se dice de él que era de rostro perfecto y de figura exquisita. Confiado y en extremo tierno en sus afecciones, generoso cual ninguno en sus fundaciones y limosnas, grande y profundo jurisconsulto cual convenía serlo al juez sin apelación de la cristiandad, orador elocuente y fecundo, escritor ascético y sabio, celoso protector de las ciencias y estudios religiosos, severo guardián del mantenimiento de las leyes de la Iglesia y de su disciplina, poseía además todas las cualidades capaces de ilustrar su memoria de haberle tocado gobernar la Iglesia en épocas tranquilas y fáciles, o si su gobierno hubiera podido ceñirse al cuidado de las cosas espirituales. Pero le estaba reservada otra misión.
Antes de ascender al trono sacerdotal, había comprendido y dado también a entender en sus escritos, el objeto y destino del pontificado romano. Este no debía atender solamente a la salvación de las almas, sino ocuparse, también, en el buen gobierno de la sociedad cristiana. Sin embargo, lleno de desconfianza de sí mismo, no bien fue elegido se dirigió a todos los sacerdotes del orbe católico pidiéndoles con insistencia oraciones especiales para alcanzar de Dios que le iluminara y confortara. Dios oyó éstas plegarias generales dispensándole los auxilios necesarios para continuar y llevar a cabo la grande obra de Gregorio VII, de la Soberanía Espiritual de Roma.
Mas, al propio tiempo que defendía esta primacía, la constitución de la Europa de esa época le confería la función gloriosa de celador de todos los intereses de los pueblos, de amparo de todos sus derechos y vigilante del cumplimiento de todos sus deberes.
Durante los dieciocho años de su pontificado se mantuvo siempre a la altura de misión tan elevada y vasta.
Amenazado y atacado sin tregua por sus súbditos inmediatos, los habitantes turbulentos de Roma, no por eso dejaba de abarcar con su mirada la Iglesia toda y el mundo cristiano con imperturbable calma, con permanente y minuciosa solicitud, sin que nada escapara a sus ojos de padre y de juez.
De Islandia a Sicilia, de Portugal a Armenia, no se infringía una ley eclesiástica que al punto no fuera por él desagraviada y restaurada; no hubo injuria contra el débil que no reparase; garantía atacada que no protegiera. La cristiandad entera no fue a sus ojos otra cosa que una majestuosa unidad, un solo reino sin fronteras interiores ni distinción de razas, de quién a él le tocó ser el defensor intrépido en lo exterior y el juez inexorable e incorruptible en lo interior.
Reanimando el entibiado ardor de las Cruzadas las defendió de los enemigos exteriores. Por eso se le vio entusiasmado por los combates en favor de la Cruz, luchas gloriosas que inflamaron el corazón de los romanos Pontífices, desde Gregorio VII hasta Pío II que murió cruzado.
Los Papas eran entonces el foco de donde irradiaba el ardor santo de las naciones cristianas. Sus ojos estaban incesantemente fijos en los peligros que amenazaban a Europa y, mientras Inocencio empleaba su esfuerzo en mandar todos los años un ejército contra los sarracenos vencedores en Oriente, en el Norte propagaba la fe entre los pueblos eslavos y sármatas, y en el Occidente predicando a los reyes de España la unión y concordia, exhortándoles a hacer contra los moros un esfuerzo decisivo, prediciendo sus milagrosas victorias contra la Media Luna.
Sin otras armas que la fuerza de la persuasión y la autoridad de un gran carácter, redujo a la unidad católica a los más apartados reinos, como Armenia y Bulgaria que, vencedoras de los ejércitos latinos, no dudaron en someterse al escuchar la voz de Inocencio.
Su infatigable y ardiente celo por la verdad no le quitaba ser tolerante en alto grado con las personas. Protegía, contra las exacciones de los príncipes y el ciego furor de los pueblos, a los judíos, testimonio viviente de la verdad cristiana, imitando por lo demás, en esto, a todos sus predecesores sin excepción. En favor de la paz y de la salvación de las almas mantenía correspondencia con los príncipes musulmanes. Mientras luchaba con incansable constancia y rara perspicacia contra las mil herejías que, brotando por doquier, amenazaban derribar los fundamentos del orden social y moral del Universo entero, no cesaba de inculcar a los católicos vencedores e irritados, y aún a los mismos obispos, principios de moderación y clemencia.
Es que teniendo su vida identificada con la religión y la justicia, éstas eran todo para él. El amor ardiente por la justicia inflamaba su alma de tal suerte que no reparaba en el rango de las personas, obstáculos ni contratiempos; desde que el derecho figuraba en una contienda, para nada tomaba en cuenta los reveses ni la fortuna. Dulce y misericordioso con los débiles y los vencidos, inflexible con los soberbios y poderosos. En todas partes y siempre protector del oprimido, del débil y de la equidad contra la fuerza triunfante e injusta. Por eso defendió con noble encarnizamiento la santidad del lazo conyugal como la clave de la bóveda social y de la vida cristiana. Nunca la esposa ultrajada se acogió en vano a su mediación poderosa. El mundo admirado le vio luchar por espacio de quince años contra su amigo y aliado Felipe Augusto defendiendo los derechos de aquella infortunada Ingerburga, venida de la Dinamarca para ser el ludibrio y objeto de los desprecios de este Príncipe, sola, prisionera, abandonada de todos en medio de una tierra extraña, excepto del pontífice que supo al fin reintegrarla en el trono de su marido entre los aplausos del pueblo que se consideraba feliz de ver en el mundo una justicia igual para todos. También salió triunfante en la defensa de la reina María de Aragón cuando llegó a servir de carga a un marido libertino; y de la Reina Adelaida de Bohemia a quien su esposo quería repudiar para contraer otra unión más ventajosa y condenada ya por un concilio.
El mismo espíritu de justicia era el que impulsaba a velar con paternal cuidado hasta en los más remotos países por lo derechos y títulos legítimos de los herederos de las coronas y por la suerte de más de un regio huérfano. Supo mantener en su derecho y patrimonio a los príncipes de Noruega, de Polonia y Armenia (1199); a los infantes de Portugal, al joven rey Ladislao de Hungría y hasta a los hijos de los enemigos de la Iglesia como Jaime de Aragón, cuyo padre muriera en las filas de los herejes y que habiendo caído prisionero del ejército católico, fuera puesto en libertad por orden de Inocencio; Federico II, único heredero de la raza imperial de Hohenstaufen, el rival más temible para la Santa Sede, pero que, puesto bajo la guardia de Inocencio durante su minoría, es educado, instruido y amparado por él, y mantenido en su patrimonio con el afecto y celo, no ya de un tutor, sino de un padre.
¿Podría ya causar admiración que en una época en que la fe se miraba como la base de todos los tronos y, cuando la justicia personificada de tal manera se sentaba en la cátedra de Pedro, trataron los reyes de unirse a ella con los vínculos más fuertes? ¿Parecerá extraño que el valiente Pedro de Aragón no encuentre para la naciente independencia de su corona mejor garantía que atravesar los mares para deponerla a los pies de Inocencio y recibirla de su mano como un vasallo? ¿Que Juan de Inglaterra, perseguido por la justa indignación de su pueblo, se proclame también vasallo de aquella Iglesia a quién él tan cruelmente había vejado, seguro de hallar en ella el asilo y el perdón que los hombres le negaban? ¿Que, además de los reinos mencionados, los de Navarra, Portugal, Escocia, Hungría y Dinamarca se honrasen de pertenecer en algún modo a la Santa Sede por medio de un vínculo de protección enteramente especial?
Nadie ignoraba que para Inocencio el derecho de los reyes respecto de la Iglesia era tan sagrado como los de ésta respecto de aquéllos. El culto que tributaba a la equidad iba unido a una elevada y previsora política, imitando en ésto a sus ilustres predecesores.
Por eso, oponiéndose a la incorporación del imperio por herencia en la casa de Suabia, sosteniendo la libertad de las elecciones en Alemania, fue como salvó a este noble país de la centralización monárquica que, alterando su naturaleza, hubiera ahogado todos los gérmenes de la prodigiosa fecundidad intelectual de que justamente blasona.
Así, restaurando y defendiendo con infatigable constancia la autoridad temporal de la Santa Sede, aseguró la independencia de Italia no menos que la de la Iglesia. Con su ejemplo y sus preceptos forma toda una generación de pontífices igualmente adictos a esta independencia y dignos auxiliares suyos, como lo fueron Esteban Langton en Inglaterra, Enrique de Gnesen en Polonia, Rodrigo de Toledo en España, Foulquet de Tolosa en medio de los herejes; o dignos de morir mártires de esta causa santa como San Pedro Parenticio y Pedro de Castelnau (muertos ambos en manos de los herejes; el primero en Oviedo en 1199 y el segundo en Languedoc, en 1209).
Su gloriosa vida termina con aquél célebre concilio de Letrán (1215-16), que convocó y presidió. Su obra espiritual más grande fue presentar, al orbe cristiano, las dos grandes instituciones u órdenes religiosas de Santo Domingo y San Francisco que debían infundirle una nueva vida y que Inocencio III tuvo la gloria de ver nacer, ambas, bajo su Pontificado.

Fundador de CAFH

Las Enseñanzas directas de Santiago Bovisio quedan así depositadas en manos de los hombres, cumpliéndose de esta manera su mandato final= ¡Expandid el Mensaje de la Renuncia a toda la Humanidad! Que la Divina Madre las bendiga con su poder de Amor.

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